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viernes, 23 de septiembre de 2016

Esa atracción avasalladora y candorosa el tiempo (Príncipe del Rif in Hospital, y 2)



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   ... No, él no se aseaba en el reducido baño de la habitación, sino que a placer se remojaba en el más espacioso que para los pacientes había al fondo del pasillo, como si fuera su hammam particular. Era de verse, florido neceser en mano, el majestuoso caminar que, medidamente risueño, cada mañana hasta allí desplegaba, bajo el mal disimulado suspirar del femenino personal, que le reprendían un poco y le sonreían más. Iban un rato a verle por las tardes una novia gitana teñida de rubio que valía poco, y a la que el jayán dejaba en su pasear siempre dos metros detrás, -“nunca atiendes a lo que te digo”, se le quejaba ella en vano- y su madre, la de él, tocada con hiyab, que hablaba un castellano manchego impecable y parecía muy orgullosa de su criatura.
    Le habían operado, según decían, de una piedra en la uretra, sólo que, en vez de extraérsela -no se sabe si es que no quería él comprometer su hombría- se la habían desplazado aguas arriba hasta la vejiga, adonde ojalá ningún mal le causara. De ahí que el muy truhán saltara de la piltra como el tigre de Monpracén el mismo día de su quirurgia. No sé, era pero que muy asombrosa esa rara atracción física, avasalladora y candorosa al tiempo, que desplegaba el artista en plena planta de urología.

   Contaba él luego -sin esfuerzo se le escuchaba- que había nacido en el Rif, pero que llevaba en España veinte años, español total ya, que era en realidad portero en la discoteca de su pueblo toledano, y que como oro en prenda lo que almacenaba en el móvil eran fotos suyas con dos o tres concursantes de Supervivientes que de bolos por su curro habían llevado, y de los que fardaba ser grande amigo. Que si tenía proyectos de dejar el pueblajo y largarse a trabajar de lo mismo en Benidorm, que aquello es que tiene que ser la hostia. Pero nada de la mediocre realidad de ese simpático puertas empañó un solo quilate el fulgor de la magnífica lámina de Príncipe de las Mil y una noches que ante todo el personal aquel mozo del Rif que llevaba una piedra en la uretra allí, in Hospital, en el vientre de la Ballena Gris, desenvolvió. 
   No te digo más que, a pesar de los discretos datos toledanos, cuando al día siguiente con el Alta se largó, le hicieron pasillo en loor y ovación aquel tropel de enfermerats, limpiadoras, estudiantas y doctoras que lo habían tratado, cohorte a la que él con televisiva sonrisa triunfalmente bendijo. “Deberías ir tú al Gran Hermano ese, hacerte un Sávame y un De Luxe, y sacarte unas pelas y a tomar por culo”, una de aquellas ardientes admiradoras por último le dijo. Y aquel soberbio jayán de Toledo, como un sarraceno Príncipe de ensueño, se giró y le guiñó entonces uno de sus ojos. Y así el del Rif se fue. Nos entraron ganas de pedirle antes un autógrafo, claro.  

     

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